La Tercera República y la Revolución

Octavilla difundida por la JCR con motivo del 14 de Abril. Se puede leer en pdf en el siguiente enlace.



 “La revolución proletaria es imposible sin destruir violentamente la máquina del Estado burgués y sin sustituirla por otra nueva (…).”                                    

Lenin

Como cada 14 de abril, la mayoría aplastante del Movimiento Comunista del Estado español (MCEe) acude a la fiesta republicana con la esperanza de intentar paliar su progresiva descomposición. Son varios los años que este acontecimiento transcurre con una de las mayores crisis capitalistas de la historia como telón de fondo y, a pesar de las esperanzas que generó entre el grueso del revisionismo, esto no ha supuesto ningún aumento de su fuerza dentro del movimiento obrero. De hecho, esta última década, marcada por la irrupción de Podemos, ha venido a confirmar por enésima vez la imposibilidad de construir ningún tipo de proceso revolucionario a partir de un estallido espontáneo de las masas, dejando en evidencia las estrechas concepciones del revisionismo y su inoperante estrategia de la acumulación de fuerzas. 

El revisionismo, incapaz de presentar una alternativa que trascienda el horizonte inmediato de las masas, enarbola la bandera republicana en un vano intento por tratar de canalizar el descontento de la clase obrera hacia sus objetivos, aunque esto conduzca de facto a renegar del marxismo. Con una mezcla de nostalgia e impotencia para incidir en la lucha de clases, el oportunismo vende una imagen mitificada de la Segunda República, de la que convenientemente olvida sus episodios oscuros, y presenta una hipotética Tercera República como la panacea universal. Por el contrario, el marxismo nos enseña que la realidad es bien distinta, que la dictadura del capital sobre el proletariado puede adoptar múltiples formas y que la república más democrática no deja de ser otra forma de dominación sobre el proletariado, adecuándose perfectamente a los intereses de la burguesía. Ante esto, se objetará la necesidad de «profundizar en la democracia», pero… ¿democracia para qué clase? Esta es la pregunta que todo obrero consciente nunca cesará de plantearse. En el pasado, ya comprobamos en el Estado español como la solución republicana es un mecanismo que las clases dominantes emplean para tratar de dar continuidad a su sistema de dominación y no sería de extrañar que la crisis política que atraviesa el Estado español, agravada por la cuestión nacional catalana, obligase a los capitalistas a repetir esta táctica.

Asimismo, la lucha por la Tercera República por parte de los comunistas se sostiene sobre la completa tergiversación de la teoría marxista del Estado. Prescindiendo de la educación ideológica de la clase obrera a cambio de la difusión de falsas esperanzas, el oportunismo republicano termina por defender la equivocada idea de que la única tarea del proletariado respecto al Estado consiste en variar su forma, dejando incólume el resto del aparato estatal. La práctica revolucionaria de la clase obrera, no obstante, evidencia que la actitud del proletariado hacia esta cuestión no puede reducirse a la simple toma de la maquinaria estatal burguesa. El Estado no es otra cosa que el órgano de dominación de una clase sobre otra y el proletariado no puede contentarse con hacerse cargo del aparato burocrático-militar diseñado para oprimirle: la clase obrera, primero, debe barrer y aniquilar completamente esta maquinaria, debe destruir el aparato burgués y sustituirlo por el Estado de Dictadura del Proletariado, creado a partir de la revolución violenta por medio de la Guerra Popular.

El capitalismo es un sistema irreformable y la misión del proletariado revolucionario consiste en mandarlo al basurero. La lucha por la Tercera República no se corresponde con estos objetivos: ata las cadenas del proletariado a la esclavitud asalariada con más fuerza al desviar su atención hacia la monarquía, dulcificando de este modo el capitalismo; lleva aparejada la sustitución de la Revolución por la mera reforma del sistema y contribuye indudablemente al mantenimiento de la situación de opresión que padece el proletariado, siendo un freno que entorpece su elevación ideológica. El programa republicano genera la ilusión de que el simple cambio en la forma del Estado acarreará la mejora de las condiciones de existencia de las masas obreras, lo que termina por subordinar al proletariado a determinadas fracciones de la burguesía. Bajo el capitalismo, el proletariado estará encadenado al trabajo asalariado, a la miseria y a la incertidumbre constantes, igual da si la bandera bajo la que padece estas lacras es la tricolor o la rojigualda.

Frente a las falsas esperanzas republicanas, los comunistas revolucionarios defendemos que la única solución verdadera pasa por la realización de la Revolución Socialista, que destruya por medio de la guerra popular de las masas oprimidas, guiadas por el Partido Comunista, el viejo Estado burgués y establezca el Nuevo Poder mediante el cual el proletariado impondrá su dictadura sobre la clase capitalista. La forma del Estado de Dictadura del Proletariado será la de una República Socialista, pero lo será no por el hecho de adjetivarse como tal, sino por haber sido construida por medio de la violencia revolucionaria y sostenerse mediante el poder del pueblo armado, por contribuir a la superación del capitalismo y por ser un instrumento en la construcción de la sociedad sin clases.

Sin embargo, para comenzar la Revolución Socialista es precisa la previa existencia del Partido Comunista, que vincule a la vanguardia portadora del socialismo científico con las masas proletarias, es decir, el Partido Comunista entendido como movimiento revolucionario. Hoy esto no sucede y la tarea de los comunistas ha de consistir en la lucha por su reconstitución. Sin embargo, esta lucha debe librarse en medio de una crisis ideológica del comunismo sin precedentes, la cual tiene su origen en el colapso del llamado campo socialista  que clausuró la ola de revoluciones (Ciclo de Octubre) que sacudió el pasado siglo. Esta situación impone como necesaria la realización del Balance del Ciclo de Octubre para extraer las lecciones de la experiencia histórica del proletariado que nos permitan evitar un nuevo fracaso. A su vez, mediante la síntesis de la práctica pasada, el marxismo se eleva, adecuándose a las necesidades del momento histórico, permitiendo la paulatina conquista de la vanguardia para la Revolución a partir de una lucha intransigente con las concepciones erróneas que habitan en su seno (reconstituyéndose como teoría de vanguardia en este proceso), lo que nos permitirá en el futuro ganar a la vanguardia práctica de las luchas que emprende la clase obrera, culminando de este modo la reconstitución del Partido Comunista. Esta situación capacitará al proletariado para elevar su lucha de clase a guerra de clase, a confrontación directa por el poder.

No existe una “vía republicana” posible desde el punto de vista de los intereses del proletariado: el capitalismo en el Estado español se encuentra en su etapa imperialista, en la antesala de la Revolución Proletaria, por lo que la única tarea de los comunistas consiste en preparar las condiciones para su desencadenamiento. Este es el único camino que permite plantear seriamente la lucha por la liberación de la Humanidad. De nosotros depende recorrerlo; para ello, primero, debemos abandonar el posibilismo y recuperar el horizonte revolucionario.

¡Reconstituyamos la ideología proletaria, iniciemos una nueva ola revolucionaria!

¡Abajo la Tercera República, por el Estado de Dictadura del proletariado!

¡Contra las falsas ilusiones republicanas, por la Revolución Socialista!

La clase obrera y el neomaltusianismo

Artículo digitalizado a partir del libro La Emancipación de la mujer, publicado por la Editorial Ediciones en Lenguas Extranjeras de Moscú. A su vez ha sido cotejado con el texto que se encuentra en el tomo XIX de las Obras Completas de Lenin, publicado por Akal. El artículo se puede leer en formato pdf siguiendo el siguiente enlace.



En el Congreso de médicos convocado en memoria de Pirogov ha suscitado gran interés y promovido numerosos debates la cuestión del aborto. El informante Lichkus adujo datos demostrativos de cuán extraordinariamente difundido está el aborto en los llamados Estados civilizados modernos.

En Nueva York ha habido en un año 80000 abortos, en Francia se registran mensualmente hasta 36000. En Petersburgo, el porcentaje de abortos ha aumentado en cinco años en más del doble.

El Congreso de médicos en memoria de Pirogov ha acordado que en ningún caso incurrirá la madre en responsabilidad criminal por el aborto intencionado, y que los médicos deben ser sancionados únicamente cuando se compruebe que les mueven “miras egoístas”.

En los debates, la mayoría, al pronunciarse por la impunidad del aborto, ha tratado, como es natural, la cuestión del llamado neomaltusianismo (medidas artificiales para prevenir el embarazo), refiriéndose además al aspecto social de la cuestión. Por ejemplo, el señor Vigdorchik, según la reseña del periódico Rússkoe Slovo, afirmó que “es preciso saludar las medidas anticoncepcionales” y el señor Astraján exclamó, provocando una tempestad de aplausos:

“¡Debemos persuadir a las madres de que deben parir hijos para que luego sean inutilizados en los centros de enseñanza, se les lleve al sorteo de quintas y se les haga llegar hasta el suicidio!”

Si es cierta la noticia de que semejantes frases declamatorias del señor Astraján suscitaron clamorosos aplausos, este hecho a mí no me extraña. Los oyentes eran burgueses, medios y pequeños, con una psicología filistea. ¿Qué se puede esperar de ellos sino el más vulgar liberalismo?

Pero desde el punto de vista de la clase obrera, difícilmente se podrá encontrar una expresión más patente del carácter reaccionario y de la indigencia espiritual del “neomaltusianismo social” que las mencionadas palabras del señor Astraján.

…“Parir hijos para que luego los inutilicen”…¿Sólo para eso? ¿¿Por qué no para que luchen mejor, más unidos, de un modo más consciente y con mayor energía que nosotros contra las actuales condiciones de vida, que mutilan e inutilizan a nuestra generación??

En esto consiste la diferencia radical entre la psicología del campesino, del artesano, del intelectual, del pequeño burgués en general, y la psicología del proletario. El pequeño burgués ve y palpa que sucumbe, que la vida se hace cada vez más difícil, que la lucha por la existencia es cada vez más despiadada y que la situación suya y de su familia resulta más desesperada cada día. El hecho es indiscutible. Y el pequeño burgués protesta contra él.

Pero, ¿cómo protesta?

Protesta como representante de una clase que perece sin remisión y ha perdido toda esperanza en su futuro, de una clase sumisa y cobarde. Todo es inútil; lo único que cabe es tener menos hijos que sufran nuestras penas y calamidades, nuestra miseria y nuestras humillaciones: éste es el clamor del pequeño burgués.

El obrero consciente está bien lejos de un tal punto de vista. No consentirá que oscurezcan su conciencia semejantes plañidos, por sinceros y sentidos que sean. Sí, nosotros, obreros, y la masa de pequeños propietarios arrastramos una existencia marcada con el estigma de un yugo y de unos sufrimientos insoportables. Para nuestra generación la vida es más dura de lo que lo fue para nuestros padres, pero en un sentido somos mucho más afortunados que ellos: hemos aprendido y estamos aprendiendo con rapidez a luchar, y a luchar no solos, como lucharon los mejores de nuestros antecesores, no en nombre de consignas de los parlanchines burgueses, eminentemente ajenas a nosotros, sino en nombre de nuestras propias consignas, de las consignas de nuestra clase. Nosotros luchamos mejor que nuestros padres. Nuestros hijos lucharán aún mejor, y vencerán.

La clase obrera, lejos de perecer, crece, se vigoriza, madura, se une, se instruye y se templa en la lucha. Somos pesimistas respecto al régimen de servidumbre, al capitalismo y a la pequeña producción, pero somos fervorosamente optimistas respecto al movimiento obrero y a sus fines. Estamos ya sentando los cimientos del nuevo edificio, y nuestros hijos darán remate a la obra.

Por eso –y sólo por eso- somos incondicionalmente enemigos del neomaltusianismo, de esta corriente propia de las parejas mesocráticas fosilizadas y egoístas que cuchichean despavoridas: Vivamos nosotros como podamos y mejor será no tener hijos.

Naturalmente, esto no nos impide en modo alguno exigir la abolición absoluta de todas las leyes que castigan el aborto o la difusión de obras de medicina en las que se exponen medidas anticoncepcionales, etc. Semejantes leyes no indican sino la hipocresía de las clases dominantes. Estas leyes no curan las dolencias del capitalismo, sino que las hacen ser particularmente malignas y perniciosas para las masas oprimidas. Una cosa es la libertad de la propaganda médica y la protección de los derechos democráticos elementales del ciudadano y de la ciudadana, y otra cosa es la doctrina social del neomaltusianismo. Los obreros conscientes sostendrán siempre la lucha más implacable contra los intentos de imponer esta reaccionaria y medrosa doctrina a la clase social contemporánea más avanzada, más fuerte y más preparada para las grandes transformaciones.

Lenin

Pravda núm, 137, del 16 de junio de 1913

Camino de Octubre(PCR)

Artículo publicado originariamente como Editorial del número 8 de La Forja, órgano central del PCR, en noviembre de 1995 con ocasión del 78 Aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre, entre las páginas 2 y 15.

El artículo que presentamos ante el conjunto de la vanguardia se puede descargar en el siguiente enlace


 

Este próximo 7 de noviembre se cumplirán 78 años desde que el proletariado revolucionario de Petrogrado, encabezado por el Partido Bolchevique, tomó por asalto el Palacio de Invierno de la capital rusa, destituyó al gobierno burgués y abrió una nueva era en la historia universal; una época de esperanza y nuevos anhelos para millones de trabajadores de toda la Tierra; una era iniciada por una revolución que empezaba a enseñar a los oprimidos a tomar las riendas de su destino y a construir un mundo en el que no pueda tener cabida la injusticia ni la explotación del hombre por el hombre. El PCR quiere conmemorar este aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre mostrando a los lectores de La Forja un bosquejo general de las vicisitudes que acompañaron a la vanguardia del proletariado ruso en el camino hacia ese gran evento histórico. De esta manera, con la exposición de cómo los revolucionarios rusos prepararon la Revolución, se complementará aquella explicación en la que, ahora hace un año, mostrábamos cómo esos revolucionarios hicieron la Revolución.

La reforma hacia el capitalismo

Igual que los junkers prusianos después de la derrota ante Napoleón en Jena (1806), la autocracia rusa extrajo conclusiones de los desastres militares de la Guerra de Crimea (1854-55) que involucraban directamente a la deficiente y anticuada estructura económica del Imperio. Impuso, entonces, la transformación paulatina, vía reforma, del conjunto de relaciones sociales y económicas de Rusia, iniciándola con la promulgación, en febrero de 1861, del Manifiesto y Reglamento del rescate por los campesinos liberados del régimen de la servidumbre. El objetivo de la publicación de este ukase (decreto) no era otro que el de crear condiciones en el campo para la transformación capitalista de la economía rusa (mercantilización de la producción, proletarización de un sector del campesinado, capitalización de las rentas y recursos de los propietarios, modernización del aparato productivo, etc.). Sigue leyendo

Octubre y las tareas actuales de los comunistas (PCR)

Artículo publicado originariamente como Editorial del número 3 de La Forja, órgano central del PCR, de octubre de 1994, entre las páginas 2 y 17.

El documento que presentamos ante la vanguardia se puede leer en formato PDF en el siguiente enlace.


Este año se cumple el septuagésimo séptimo aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre. Este acontecimiento, que la burguesía ha tratado de tirar al cuarto trastero de la historia para que desaparezca de la memoria revolucionaria de la clase obrera (tergiversando el significado real de la debacle del revisionismo moderno), es, precisamente, el acontecimiento histórico más decisivo para el proletariado, porque fue cuando demostró por primera vez, de una manera determinante, que empezaba a tomar las riendas de su destino como clase y, en consecuencia, la primera vez que, de una forma determinante, demostró que comenzaba a tomar conciencia de su papel en la historia de la humanidad, ese papel que consiste en terminar con las clases cuando ella misma decida y consiga autoemanciparse como clase, en alcanzar el Comunismo. Octubre de 1917 significa el primer paso dado en ese camino de autoemancipación. Sigue leyendo